Sucedido… como dice un amigo.
Hoy por la mañana, en los Tribunales de Familia, acompañé a Emma, mi representada, a una audiencia por Divorcio,régimen de visitas, división de bienes y alimentos. Nos encontramos abajo, en la vereda. La miré a los ojos y le dije:
—Buen día, Emma. ¡Qué lindo día!
Ella me miró trasmitiendo tristeza antigua, insondable y me dijo:
—¿Le parece lindo, doctor? Yo no lo veo. Me ha costado mucho venir.Todo me cuesta y me duele. Me duele mucho.
En la sala, la doctora Bertina —abogada del ex de Emma— se presentó segura, inflada de razón. Caminaba como si llevara puesta la corona de los conflictos. Esa clase de abogada que la gente contrata cuando todavía está herida, con los poros abiertos, sin entender del todo lo que hace, más obedeciendo al rencor que a un deseo claro.
Berto, su ex, intentaba mostrarse liberado. Quería que Emma viera que no la necesitaba, que ya no tenía nada que ver con ella.
—Con este Código nuevo —dijo en voz alta—, por suerte soy libre como un pájaro. Tengo derecho a vivir sin vos.
La frase se le escapó en plena audiencia.
El juez lo miró con la calma antigua de quien alguna vez creyó en el derecho, pero ya no sabe bien qué hacer con él. Esa mirada no juzgaba, pero tampoco amparaba. Solo registraba… como quien toma nota del clima.
Emma, en cambio, seguía entera.
Dueña de su soledad, nutrida del amor de sus hijos, de sus bordados, sus libros, sus flores y sus credos.
Estaba ahí sin entender cómo, ni por qué.
Había tardado mucho en aceptar estar en esa sala, y sin embargo, nadie —ni el juez, ni la otra parte, ni siquiera el procedimiento— parecía registrar lo que pasaba por su corazón.
El juez habló.
Pero no para tender puentes, ni para acercar voluntades.
Solo explicó cómo quedaban parados legalmente, según su interpretación del paso del viejo al nuevo Código.
Veinticinco minutos.
Eso duró todo.
Cuando el juez se levantó y se retiró, Emma me preguntó en voz baja:
—¿Eso es todo, doctor?
—Eso es todo —le respondí.
Salimos caminando por el pasillo.
Berto, algo molesto por lo que había escuchado del juez y de mí, se iba con dudas. Tal vez pensó que la todoterreno que había contratado no era tan efectiva. Nadie había salido herido de muerte de esa sala. Emma ni siquiera le había prestado la mirada.
En el ascensor, Emma lloraba.
Lloraba despacio, con el tipo de silencio que saluda a la muerte.
Me dijo:
—Gracias, doctor Ramiro. Su compañía fue importante. Me sentí protegida.
Pero qué poca jerarquía tuvo todo esto… para cerrar con un moño de razón el tiempo que amé, el tiempo que dolí, mi tiempo.
Mis hijos.
Mis futuros días.
Y siguió:
—Ese nuevo Código del que hablaban… no sé, doctor. Me parece que viene a ponerle nombre a las irresponsabilidades afectivas de esta época.
Ya no proyectamos como sociedad, como familia.
Ya no soñamos juntos.
Yo soñaba, de chica, con la solemnidad de un juez.
Y hoy conocí a este.
¿De qué sirven lo bueno o lo malo si todo tiene una salida?
Ya no hay valores.
Déjeme llorar con mi pena y con mi Dios.
Si Él me da tiempo… todo pasará.
No supe qué responderle.
No había consuelo.
Ni disfraz posible para justificar lo vivido.
Nos despedimos en silencio.
Yo caminé solo hacia la esquina. Rumiando entre la realidad y la utopía.
Unos metros antes de llegar, Emma me alcanzó.
Me miró y me dijo:
—Feliz día, doctor.
Y siguió caminando sola, con su última lágrima.
Quizá para regar su primavera.
Pensé, entonces, que tal vez eso es ser abogado:
Acompañar en silencio, mientras alguien siembra su dolor con la esperanza de volver a florecer.