En la Argentina, la deuda moral más profunda no es económica.
Es la Justicia.
No hablo solo del cumplimiento de las leyes,
sino de algo más hondo y más doloroso:
la falta de integridad, de humanidad,
de formación jurídica, cívica y ética
en quienes integran —e integramos— el mundo de la Justicia.
Jueces, abogados, fiscales, funcionarios.
Todos —de un modo u otro— hemos sido parte o testigos
de un sistema que no llega a tiempo,
que falla cuando ya no importa,
que sentencia cuando la vida ya se fue.
Una justicia que llega tarde es una justicia que no llega.
Y cuando llega, muchas veces es abstracta, ajena,
incapaz de sanar, de proteger, de construir.
En este contexto, ejercer el Derecho es caminar
una selva negra, plagada de fallos inconexos,
de estructuras rígidas, de inercias que arrastran.
Y sin embargo, ahí vamos.
Con la espada de la ley en la mano derecha,
como salimos de la universidad.
Pero también con la convicción de que esa espada
no es para herir, sino para abrir camino.
Porque la Justicia —la verdadera—
no es venganza, ni forma, ni retardo.
Es vivir mejor.
Es dignidad.
Es paz.
La Justicia no puede ser una utopía.
Una Argentina con una justicia proba, oportuna y humana
habría cambiado su historia.
Y esa historia nos habría hecho mejores como sociedad.
¿Cómo puede ser que el grito humano del deber —ese que nace en nuestras familias, nuestras escuelas, nuestras iglesias—
se pierda en un eco débil justo cuando más fuerte se necesita?